No debe haber experiencia vital más fuerte que el comienzo y
el proceso del período del enamoramiento. En esos días de intensidad exacerbada
de todo, nos parecemos a pequeños insectos “pululadores” de una gran flor con
precioso néctar. Ansiamos con extravagante intensidad ese jugo dulce que solo
esa flor —y no otra— podrá proveernos para nuestra satisfacción. La cabeza está
en un estado extraño; pensamientos raros se nos vienen a la misma, obsesivos
casi hasta lo psicótico, pero ni el miedo a la locura espanta tales
pensamientos. Físicamente, extraños procesos se suceden también. Sentimos de
forma más precisa, fuerte, intensa, la circulación de la sangre, y el principal
órgano del Sistema Circulatorio, el Corazón, también cambia su comportamiento,
tras el influjo de copiosas combinaciones de sustancias químicas hormonales.
Por esto, su asociación con tan extremo y placentero sentimiento es histórica.
Pero nuestro extraño comportamiento no demora en manifestarse hacia el
exterior: la concentración cae, de forma extrema, llegándose a dificultarse
inclusive en una pequeña conversación. Todo tipo de actividad intelectual, se
ve mermada como por una especie de sofocamiento mental o bloqueo, que impide el
razonamiento. En nuestra mente solo se tejen extrañas elucubraciones de
obsesiva forma. Nuestro nerviosismo también es evidente, se manifiesta de
formas diversas según la persona, tal vez atrapándolo en algún vicio común, o
generando un leve descenso del peso corporal, por el agitado vaivén en largas
caminatas sin sentido. Levantarse y volverse sentar, pararse de nuevo, caminar,
tomar el lápiz, soltarlo no sé dónde, ¡perderlo!, buscarlo, no encontrarlo y
volverse a sentar, resignado. ¡Recordar! ¡Ahí está! Y pararse a buscarlo. Se
nos viene de repente a la cabeza desde cuando éramos tan necios o si nuestro
coeficiente intelectual está sufriendo un brusco descenso: ¿me habré golpeado
la cabeza?; ¿será algo que consumí? ¿Alimentos en mal estado?. En fin, eso y mucho
más. En el estómago y la zona toráxica, también se manifiestan sensaciones
extrañas, principalmente si esa persona está cerca o se comunica con nosotros
de alguna forma. Una especie de “hormigueo”, una sensación de incomodidad
generalizada, y hasta cierta dificultad al respirar, impidiéndonos la normal
inspiración.
Y después, en ese momento de íntima unión, la fusión de
estas dos intensas formas, insecto y flor, destruyen toda tensión existente y
se genera un lazo de inexplicable definición, y, al parecer, el momento de
mayor éxtasis de nuestra existencia terrena tiene lugar. El Arte Todo se
fundamenta en esto y podríamos decir con seguridad, que el Arte no sería nada,
sin esto.
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