Podríamos decir que en el transcurrir del tiempo, de los
años, en fin, de nuestra vida, en contadas ocasiones hacemos un análisis
demasiado profundo, serio, de lo que pensamos de nuestra época, de los tiempos
que vivimos. Lo que hacemos no es más que un análisis circunstancial de hechos
determinados de nuestro tiempo, cosas y noticias que aquí y allí se suceden de
forma más o menos diaria. Pero nunca hacemos un análisis global, nunca vemos
los hechos en perspectiva, como parte de un todo. Nunca o muy pocas veces
realizamos tal acción, y si la hacemos, lo hacemos de forma apresurada, en esencia
poco profunda, y finalmente olvidamos tales pensamientos y razonamientos tan
dificultosos y nos abandonamos a la rutina diaria, nuevamente. En nuestro
interior, en nuestras mas intimas concepciones, creemos que tal forma de pensar
es un absurdo dada la insignificancia de nuestras posiciones en la realidad.
Que pensamos de nuestra época es una pregunta que en primera
instancia puede significar algo innecesario desde el punto de vista funcional,
si, en definitiva, no podemos cambiar nada. Esta visión negativa es certera. Dudo
que la sociedad pueda “cambiar” en el sentido profundo del término. Su podredumbre
intelectual y la ausencia de concepciones nobles hacen de la Especie Humana
actual de lo peor que ha existido en la Historia total de la vida humana sobre
la Tierra. Nuestra sociedad sofisticada tecnológicamente, con grandes avances
en muchos campos, dada la acumulación de conocimientos y el desarrollo de la
Metodología Científica que viene dándose hace casi quinientos años, hacen de
esta época, privilegiada, ya que muy pocas veces se ha dado tal continuidad
estable de avance de una Civilización, en este caso la Occidental (en Egipto y
China se han dado continuidades mayores, hace varios milenios).Pero, ¿Qué hacemos
con toda esta increíble acumulación de conocimientos y perfeccionamiento de las
técnicas de desarrollo científico, desde Leibniz, Newton, Galileo a Stephen Hawking?
Lo que hacemos no es más que alimentar nuestros repugnantes deseos ególatras de
comodidad y goce común de forma obsesiva. Todo gira en torno a satisfacer
nuestros enfermos deseos de perder el tiempo en algo totalmente improductivo.
Es que la sociedad actual a perdido el sentido del placer por hacer algo
constructivo y duradero para las generaciones futuras, e ingresamos en una
cadena sin fin de producir entretenimiento inocuo, una especie de “Nihilismo
Tecnológico”. Y a su vez, las manos que poseen todos estos centros gigantescos
y monopólicos de producción de esta mediocre forma de perder el tiempo,
acumulan también su riqueza contaminada para ingresar en esta cadena de
alimentación de sus ególatras fauces hambrientas también de vulgaridad vacua.
En definitiva, todo gira en torno a este veneno social enquistado en la mente
de todos.
Para dejar este punto de forma más claramente expuesta,
explicaré de qué forma se manifiesta en nuestra vida esta forma de perder
nuestros enormes conocimientos en elementos totalmente inútiles. ¿Se han
percatado de la cantidad de versiones de teléfonos móviles y los “servicios”
que ofrecen? ¿Igualmente con los televisores?¿Se preguntan cuantas mentes
geniales se preocupan de perfeccionar tales cosas tecnológicas y cuantos medios
se consumen, en vez de buscar nuevas tecnologías en métodos eficientes de energía,
por ejemplo?.Se dirán: “pero las dos cosas se hacen”. Así mismo, replico yo: ¿Cuánto
se gasta en una y otra cosa? ¿Tienen estos dos impulsos modernos el mismo peso
en la balanza de los esfuerzos humanos actuales? La respuesta es no. No lo
tienen. Todas estas tecnologías, que se aplican en nuestra vida diaria, según
nuestros superficiales criterios, “mejorándola”, no son más que la
representación ególatra de nuestros deseos mas banales. Creyendo en nuestra
seguridad evolutiva, creemos que cubrimos todos los campos con sobrado
esfuerzo. La realidad indica que mientras utilizamos un gran porcentaje de
nuestros esfuerzos intelectuales y económicos para satisfacer nuestra
banalidad, no tenemos un sistema de energía no contaminante que realmente
solucione este tema, y no aisladas experiencias científicas de inaplicable
practicidad.
Podríamos afirmar sin caer en el paroxismo que el
pensamiento de vivir en una época de brillante expansión tecnológica, con una
evolución notable, se sustenta en falsos pilares. El centro de la cuestión es
preguntarse ¿Qué solucionan todos estos avances? ¿Qué pasaría si no existieran
tales soluciones? ¿sería el hombre un
ser peor? ¿un ser mas incivilizado?.
Merece especial atención el Ordenador (o computador, refiriéndome
solo al aparato en sí y no a toda la tecnología basada en microchips).El
ordenador es sin duda el máximo avance tecnológico de la humanidad en toda su
Historia. Este aparato le ha permitido al hombre moderno controlar todo cuanto
es posible en la vida de forma más eficiente. Este invento ha facilitado la
vida humana y a aumentado la complejidad de otras tecnologías muy útiles a la
sociedad —transporte, el diseño de Ingeniería y Arquitectura, la organización
de inmensas cantidades de datos y su almacenamiento—siendo esto un salto de
siglos en condiciones normales. Pero también este invento ha caído en la banalización,
centrándose su avance en el vago y ruin entretenimiento y obviando otros
espectaculares usos. Simplemente hay que preguntarse ¿cuánto dinero se utiliza
para financiar los aparatos que usamos en la vida cotidiana para usos comunes y
cuánto para la informática, por ejemplo, en Medicina? La respuesta sale a la
luz cuando deducimos cual es el mejor negocio.
Sin duda otro aspecto de la vida moderna para tratar es la
Moral Moderna. Muy pocas veces escuchamos este término hoy en día; nadie lo
nombra. Pareciera que al nombrarlo uno retrocediera un siglo o más. Y en
realidad lo hace. El Hombre Moderno carece de moral definida. Si le preguntamos
a un individuo de la masa, cual es su moral, no sabrá que responder. Tal vez
acuda a vagos conceptos religiosos de los que tenía alguna idea. Esto no
sorprendería, porque durante siglos el hombre basó su comportamiento social y
moral en la Religión imperante en su territorio. Cristianos Ortodoxos,
Católicos y Protestantes tienen más cosas en común que con los mahometanos,
judíos o budistas. Todas son concepciones formadas en la tradición que buscan
dar respuesta a las preguntas fundamentales de la vida y brindar una guía de
cómo comportarnos para lograr “algo”. Ese algo puede ser la salvación, la perfección
espiritual (nirvana) o el dominio y esclavización de los otros pueblos
(judaísmo). Es que de todas estas doctrinas, no existe otra más vil, depravada
y primitiva que el judaísmo. Ya con solo leer por encima el Antiguo Testamento tiembla
uno ante tanta depravación acumulada, tanta literatura execrable y tanto
autoritarismo dogmático de un Dios tan diabólico y malvado que manda hacer
sacrificios rituales con niños, ahoga a la Humanidad y extermina a todos los
primogénitos de una Nación. ¡Sálvenos Mefistófeles si tenemos un “Dios” así! Podríamos
contraponer, en el otro extremo, al Cristianismo (Nuevo Testamento) con su
mensaje de Paz, santidad, redención y Hermandad; y al Budismo con sus
superiores doctrinas de perfección del Ser, como las religiones superiores de
este mundo.
Sea como sea, el hombre actual carece de tales conocimientos
y del objetivo último y verdadero que tenían las religiones (el orden en la Tierra
y no el describir “el mas allá”). El hombre actual está sumergido en un marasmo
intelectual de enorme proporción. No sabe nada de su comportamiento. Es un
autómata de sus deseos y entiende que tiene que financiarlos de alguna manera,
y por eso, trabaja. No siente orgullo por nada ni nadie. Sus sentimientos se
asemejan a huecas resonancias de sus antojados y advenedizos deseos, placeres,
en definitiva, de su nihilismo. Esta concepción tan burda es en parte culpa del
ateísmo. El ateísmo se ha transformado en la respuesta de los haraganes para
cualquier cosa. Otros filósofos ya razonaron de forma ardua y concienzuda sobre
el tema y ellos solamente toman la respuesta sin conocer las razones. Y sin
leer a Nietzsche. El ateísmo es nocivo para el orden. Ha dado lugar a
fundamentar cualquier acción, incluso las más nocivas. El ateísmo es “conocimiento
divino” para unos pocos, no para la masa. El individuo común debe tener un fin,
debe tener una fábula en la que creer y desarrollar su vida, o la Civilización
está perdida. Solo unos pocos seres divinos tiene el alcance necesario para
comprender tan profundo conocimiento. Debemos darle al pueblo su fábula, y
continuará. Mientras el Hombre Moderno no esté capacitado para comprender a las
“doctrinas ateas” (el Budismo carece de Ser Divino, por lo que es una “doctrina
atea”, por ejemplo) deberá creer en una fábula, la que sea, pero alguna. De lo
contrario, la sociedad empieza a desintegrarse intelectualmente, como pasó al
final del Imperio Romano, cuya decadencia, se demostraba por la ya poco creíble
doctrina politeísta, posteriormente borrada por el incipiente Cristianismo,
doctrina renovada y purificada en concepciones, con ideales más nobles y de una significación superior para el
hombre. El Hombre Moderno se asemeja entonces a un barco sin timonel, del que
se puede esperar cualquier cosa. Sus actos tal vez se fundamenten en
razonamientos, o tal vez sean el impulso irrefrenable de sus posesivas pasiones
que le arremeten en su ser. No lo frena su conciencia moral, porque no tiene
una. Todo esto hace que nuestra época veamos por todos lados un aumento
generalizado de la depravación humana a límites intelectualmente insospechados,
y a una anarquía sin límites en las formas más bestiales de criminalidad y
violencia. Un aspecto derivado de todo esto es el “internacionalismo” en franca
expansión, frente al “regionalismo”. Ya las tradiciones locales se nos aparecen
anticuadas y, de forma inconsciente tal vez, luchamos por una homogeneización de
la población mundial. Tal hecho será tan nocivo, que no nos unirá en franca
hermandad, sino que nos separará en una delirante lucha fratricida. El hombre
es un ser social, que necesita pertenecer a un medio, con una tradición con la
que sentirse identificado. Pero con la muerte de los valores morales ya la
tradición es una caja de cartón vacía. Ante el advenimiento de este aparente “comunismo
cultural” —la homogeneización de la que hice mención antes— el hombre se
espantará al sentirse vacío, viéndose unos a los otros, como reflejados en un
espejo y atacará al contrario en violento estallido de ira. Esto es cada vez más
común hoy en día. Los que están vacios se terminan viendo los unos a los otros como cosas, cosas que tienen lo que tal vez yo
no tengo, y con esto surge el crimen más común y sus derivados: el hurto.
Así la sociedad lentamente cae en una espiral de desenfreno
y la podredumbre social crece con consecuencias visibles para todos, y la
sustitución de la conciencia moral del instruido o el poderoso por la
conciencia del dinero, hacen de este un ser repugnante en lo más profundo de su
ser.